Celos: del interés a la obsesión

En torno a la cuestión de la función que para la pareja tienen los celos, se establecen diferentes argumentos a favor y en contra. No es extraño escuchar en cualquier conversación proclamas que defienden unas y otras posturas. “Ser celoso significa que quiero a mi pareja”, “si es celosa es que no se fía de mi”, etc. En eso radica el delicado equilibrio que deja entrever nuestro título “Celos, del Interés a la Obsesión” dependiendo de diversas variables personales (esquemas, ideas irracionales, vulnerabilidad psicológica hacia la dependencia emocional, experiencias….) nos colocaremos hacia un lado u otro de la balanza. Cuando Lucía acudió a consulta por primera vez lo hacía para que le ayudáramos a tomar lo que para ella era “la decisión correcta” sobre si dejar o no a su novio. Existían numerosas quejas sobre el comportamiento de su pareja, conductas que para ella reflejaban, prácticamente, sin lugar a dudas, que le estaba siendo infiel. Sometía a su pareja a continuos interrogatorios y comprobaciones que lejos de tranquilizar producían un aumento de sus miedos y conductas aseguradoras. Ya en esos primeros momentos de la evaluación  nos dimos cuenta que había numerosos pensamientos obsesivos e irracionalidades que impelían  a Lucía a ir aumentando cada vez más el circulo de supervisión con respecto a su novio. Todo esto nos  indicaba la presencia de  celos patológicos (celotipia) que poco a poco habían ido condicionando todos los aspectos de su vida y la de su pareja. Afortunadamente no en todos los casos en los que están presentes los celos se desarrollan patologías.

 

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Los celos constituyen un sentimiento o una emoción que surge como consecuencia de un exagerado afán de poseer algo de forma exclusiva (me perteneces) y cuya base es la infidelidad -real o imaginaria- de la persona amada (Echeburúa, 2001). Los celos son un fenómeno común en nuestra sociedad, no siendo en todos los casos un problema psicopatológico. En muchas ocasiones desempeñan un papel adaptativo al igual que ocurre con otras emociones. Así por ejemplo el miedo aparece cuando el organismo percibe un peligro y su función sería la de evitar dicha amenaza. La tristeza surge cuando se experimenta algún tipo de pérdida afectiva y su función estaría en proporcionar el espacio necesario para sanar la herida. La ira permitiría adoptar una conducta de ataque o de defensa ante una amenaza. El problema estaría entonces cuando estas emociones, en principio positivas, se experimentan con excesiva frecuencia, intensidad o duración. En el caso de los celos, ser celoso es una cualidad que permite cuidar aquello que más quiere y desea una persona para que nadie se lo arrebate. Éste es el significado real del término celo: cuidado, interés, y esmero. Por tanto su papel adaptativo estaría en asegurar la estabilidad de la relación y la de prevenir, hasta cierto punto, la promiscuidad (Fernández, 2001). No es fácil, por tanto, establecer el límite entre los celos normales y los celos patológicos. Pero existen grados. En los celos patológicos hay tres características nucleares: la ausencia de una causa real desencadenante, la extraña naturaleza de las sospechas y la reacción irracional del sujeto afectado, con una pérdida de control (Echeburúa, 2001). En definitiva, lo que confiere un carácter patológico a los celos es la intensidad desproporcionada de los mismos, el sufrimiento experimentado por el sujeto y el grado de interferencia grave en la vida cotidiana. La personalidad celosa viene configurada por una vulnerabilidad psicológica. Así por ejemplo en una relación de pareja hay que aceptar un cierto grado de incertidumbre en relación a la posible pérdida o abandono del otro. Por tanto un factor de vulnerabilidad sería una necesidad extrema de certeza unida a una necesidad de control de la persona amada. Sin embargo conviene en todos los casos hacer un análisis propio en el que detectar la fuente de nuestro miedo, si existen bases reales, decidir qué hacemos con la situación, si no, ver el motivo de nuestra afectación y tratar de relativizar y racionalizar realizando a la vez un trabajo en nuestra propia autoestima que nos permita sentirnos seguros sabiendo que no hay certezas en las relaciones humanas y que podemos vivir con ello.

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