Con un niño tan deseado como lo fue Javier nadie entendía que su primeriza madre Lorena no estuviese irradiando felicidad por todos sus poros. Hacía ya cuatro meses de su nacimiento y la situación había ido de mal en peor. Los primeros síntomas como cambios de humor, irritabilidad, llanto, cierta ansiedad y dificultades para dormir, habían sido tomados como una reacción natural al parto y a los cambios hormonales que se derivaban del proceso. Su familia se volcaba en todo momento con ella y el bebé ayudándolos en cuanto podían, sin embargo, Lorena no entendía porque una experiencia que debía ser una de las más felices y apasionantes de su vida la estaba viviendo con una mezcla de miedo, tristeza e impotencia, esto le generaba unos sentimientos de culpa enormes que contribuían a hacerle sentir todavía peor. Le atenazaba la idea de estar siendo una “mala madre”, y no estar ocupándose debidamente del pequeño Javier.

Lo que le estaba pasando a Lorena era lo que habitualmente se conoce como Depresión Posparto.

 

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Felipe acude por primera vez a consulta muy angustiado y sin saber muy bien qué hacer. Desde siempre había sido una persona muy activa y dinámica, emprendedora en numerosos proyectos y por ende con éxito en aquello que se había propuesto.
Desde hacía un tiempo parecía que todo le costase más trabajo de lo habitual, ahora tenía 37 años y una vida más bien acomodada, se había casado (felizmente) hacía dos años y todo en casa funcionaba a la perfección, sin embargo a Felipe le imbuía una sensación de insatisfacción indefinida, parecía que todo tuviera un matiz opaco, de limitada translucidez.
Incluso las cosas que más le entretenían y divertían, como sus partidas de póker hasta altas horas de la madrugada con sus amigos, se habían convertido en algo rutinario y tedioso que cada vez le atraían menos. Desde siempre se había considerado una persona deportista y con hábitos de vida saludable, todos los días religiosamente a la misma hora se calzaba sus deportivas y corría sus 8 km de rigor, le gustaba (y se jactaba) de cuidar su alimentación. Todo esto le hacía sentirse bien y de alguna manera elevarse por encima del resto de mortales.
Llevaba ya un tiempo que tampoco esto le animaba, pensaba que ¿para qué el esfuerzo?, pero a la vez se criticaba por incumplir sus rutinas saludables cosa que le hacía sentirse tremendamente culpable.
Si lo pensaba, en realidad, últimamente sus emociones fluctuaban entre el abatimiento y el sentimiento de culpa por casi todo lo que antes hacía y ahora se veía incapaz de hacer.
¿Qué es lo que me pasa?, ¿por qué no consigo ser feliz?, se preguntaba constantemente, y los intentos de ayuda por parte de su mujer, familia y amigos parecían chocar contra un muro, lo que les asustaba en principio, pero frustraba y enfurecía después.

Deja-atrás-la-depresión

 

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