Eliminar la dependencia emocional es posible, para ello es uno mismo el que debe tomar la decisión de cambiar para tener una mejor calidad de vida. Las personas que sufren de apego excesivo, no disfrutan de las relaciones, se enganchan en exceso y pierden su individualidad satisfactoria. Hay más porcentaje de mujeres con este problema, aunque también hay hombres que lo sufren exactamente igual que cualquier mujer, con la desventaja de que les suele dar más vergüenza acudir a una consulta psicológica. Sienten que su hombría está en duda, cuando en realidad nada de eso tiene que ver, una autoestima baja puede acarrear este problema, independientemente del sexo de la persona.

 

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Cada vez se habla más de los problemas relacionados con el estrés y la Ansiedad, las nuevas exigencias y ritmos de la sociedad en la que vivimos nos empujan a nuevos desafíos y trastornos con los que antaño no contábamos.

No es raro en consulta ver como las personas llegan con “quejas” indeterminadas, dolores de cabeza que no se les van, malestar de estómago, problemas de espalda, etc, habiendo visitado a especialistas diferentes (neurólogos, digestivo, fisios, etc.). Cuándo todos estos profesionales en sus diferentes campos no encuentran una patología asociada a estos síntomas suelen concluir con un “debe ser un problema de Ansiedad”, y en parte tienen razón.

ansiedad

Para determinar si estamos ante un trastorno de Ansiedad convendría en cualquier caso que fuera evaluado por un especialista en Psicología Clínica que vea las correlaciones entre dichos síntomas y la afectación a diferentes niveles, éstos serían:

  • Fisiológica: sudoración, tensión muscular, dolores (cabeza, espalda, cuello, estómago), mareos, palpitaciones, hormigueos, sensación de ahogo, etc.
  • Conductual: se evitan situaciones que puedan generar ansiedad o miedo, se restringen comportamientos sociales, llanto, explosiones de enfado, etc.
  • Cognitiva: pensamientos anticipatorios de peligros o amenazas, preocupación excesiva, pensamientos irracionales del tipo “me está pasando algo malo”, “me está dando un ataque al corazón”, etc.

Hay numerosos síntomas o señales de alerta que nos están indicando que estamos ante un problema de Ansiedad, si estáis dudando de si os pasa o no algo similar, ante la duda lo mejor es acudir a un profesional que os pueda orientar, muchas veces con unas pocas pautas podemos cambiar dinámicas disfuncionales y sentirnos mucho más tranquilos y controlados, y en definitiva más felices.

Raúl Castelló Moreno

Psicólogo especialista en Clínica

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Hace tiempo que quería escribir sobre este tema tan mediatizado de un tiempo a esta parte, como son los trastornos alimentarios en general y la imagen corporal en particular.

En prácticamente la totalidad de los trastornos alimentarios aparece una imagen corporal distorsionada de uno mismo. Se magnifican detalles “inapropiados” para la persona (piernas, cartucheras, barriga, etc.), que generan numerosos pensamientos negativos que hacen referencia a tales “imperfecciones” y que unidos a una crítica y culpa excesiva por la imposibilidad de cambiar esto, van minando poco a poco la autoimagen de la persona generando sentimientos de angustia, frustración y de depreciación de su imagen y valía.

Cuando un profesional se plantea la intervención en un caso de este tipo debe atender a la conducta disrruptiva sean purgativas, restricción alimentaria o episodios de atracones incontrolados, sin dejar de lado el papel cognitivo detrás de estas conductas, en este caso la pobre imagen corporal, bajo nivel de aceptación, ideación irracional, etc. De lo contrario corremos el riesgo de quedarnos únicamente en la superficie del problema y naufragar contra la base no descubierta de nuestro iceberg cognitivo.

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En nuestro trabajo diariamente aprendemos de las experiencias de nuestros pacientes, este es el caso de una joven a la que llamaremos Mía y que escribió esta preciosa carta a resultas de un ejercicio que le mandamos en consulta, paso a transcribirla palabra por palabra, a sabiendas que en más ocasiones de las que nuestro ego profesional quiere reconocer,  ni ellos (como pacientes y sobretodo personas) saben tan poco, ni nosotros (como profesionales) sabemos tanto.

“Cuándo te miras a un espejo, el problema con el que te enfrentas no es la realidad de lo que aparece ante ti, sino la interpretación que tú haces de esa realidad. Da igual que seas fea o guapa, lo importante es como te veas a ti misma y cómo interpretes aquello que ves y si quieres que la interpretación sea positiva, debes trabajar tu autoestima. Si te quieres a ti misma, te gustará la imagen que ves reflejada en el espejo, pero si te sientes triste, deprimida y aborreces tu vida, no te gustará lo que aparece reflejado, aunque tu rostro sea el más bonito del mundo.

Lo mismo sucede en la vida de cada persona. Existe una realidad y la interpretación que hacemos de ella. Lo ideal sería que nos limitásemos a ver la realidad tal y como es, como aparece en el espejo, pero eso sólo sería posible si no tuviéramos pensamiento propio. Por eso, no hay que dejarse engañar por lo que vemos reflejado en el espejo pensando que hay una realidad única e inamovible que es tal y como aparece ante ti, porque hay otra realidad invisible paralela creada por tu propio pensamiento que hace posible que puedas modificar la imagen real del espejo, dando como resultado la “proyección” de todo aquello que deseemos.

No hay que olvidar trabajar el mundo de lo invisible, porque ahí será dónde encontraremos las respuestas que necesitemos y debo recordar que mi felicidad depende de mi. He pensado que cada vez que me mire en el espejo y éste no me devuelva la imagen que espero, habrá llegado el momento de mirar dentro de mi misma y determinar aquello aquello que no funciona bien y necesito arreglar para recomponer todas las piezas que conforman mi persona.

Porque el pegamento más efectivo para volver a encajar las piezas es quererse y aceptarse a uno mismo, porque….. he llegado a la conclusión de que si miro dentro de mi misma, siempre voy a encontrar las respuestas que necesite”

No caben más palabras…..GRACIAS MÍA

mitos-verdaderos-o-falsos

 

Sin lugar a dudas una de las profesiones que suscitan más reparos y cierta fábula es la psicología aplicada a la terapia. Parece cuanto menos una disciplina que a priori todos dicen conocer y pocos realmente conocen. Por suerte las sociedades van evolucionando y a día de hoy no es tanto el desconocimiento y por ende el recelo que se tiene a esta ciencia que se ocupa del sufrimiento emocional del ser humano.

Para intentar arrojar algo de luz a estas oscuridades vamos a desterrar algunos mitos que en la actualidad todavía circulan;

  1. La Psicología es lo mismo que el PsicoanálisisEsta es de las más difundidas. La gente piensa que el psicólogo te va a sentar en un diván y va a empezar a analizar tu pasado, desde tú mas tierna infancia hasta la época actual, repasando tus relaciones con tus padres, familiares, profesores y todo el que pasó cerca de ti durante tu vida. Nada más lejos de la realidad. El psicoanálisis no es más que una escuela dentro de las muchas que tiene la psicología y los psicólogos actuales beben de muchas fuentes y siguen diferentes técnicas y terapias, de las que el psicoanálisis no es más que una de ellas. De hecho, el tipo de terapia más en boga en la psicología académica (la que se enseña en las universidades) es la cognitivo conductual, que se centra en modificar nuestros pensamientos y comportamientos en el presente. Es decir, intenta cambiar la conducta disfuncional actual del paciente partiendo de sus pensamientos irracionales. También tendríamos la terapia Gestalt, centrada en las emociones y en el presente, la terapia sistémica, en las relaciones con las personas que nos rodean, por ejemplo. Es decir, que cada psicólogo puede utilizar técnicas distintas con lo que estaría bien informarnos de cual nos gusta  antes de decidirnos ir a uno.
  2. Hay que estar mal de la cabeza para ir al psicólogo. O dicho de otra forma, sólo los que están locos tienen que ir al psicólogo. Por lo tanto, si vas al psicólogo, es que estás para que te encierren.. o casi. Debe de ser una de las razones por las que a la gente le da vergüenza ir al psicólogo o que se enteren que está yendo a uno. Para mi, la psicología es como el deporte: te ayuda a mantenerte a saludable. Igual que nos gusta echarnos unas carreritas o ir al gimnasio para sentirnos mejor con nuestro cuerpo, creo que deberíamos ir al psicólogo para conocernos mejor, entender cómo nos relacionamos y ser más felices, en general. Solemos ir al psicólogo después de una crisis (ruptura con nuestra pareja, insatisfacción con nuestro trabajo, estrés,…) pero eso es como empezar a hacer deporte después de lesionarnos. Es decir, para recuperarnos. También se puede ir al psicólogo de manera “preventiva”. Antes de que nos pase algo “grave”. Simplemente para ir mejorando nuestra vida en términos generales. Porque siempre hay algo que podemos mejorar. Sólo que a veces no lo sabemos, hasta que nos “rompemos”.
  3. El psicólogo me va a dar la fórmula mágica para que todo cambie en mi vida. Vamos que esperamos que, de la noche a la mañana, sin nosotros apenas hacer un esfuerzo, todo cambie y nuestros problemas se solucionen. Y si no es que el terapeuta no es un buen profesional. Hemos de entender que el terapeuta no es más que un facilitador.  Está ahí para ayudarte, para guiarte, para explorar junto contigo, ayudándose de sus conocimientos y su experiencia. Pero el responsable final del resultado siempre es el paciente. Para bien o para mal. Es el que tiene que poner las ganas, el trabajo, la confianza en sí mismo, en el proceso y en su terapeuta. El proceso terapéutico es una aventura que emprenden juntos terapeuta y paciente y tanto uno como otro deben estar totalmente implicados en el proceso.

Felipe acude por primera vez a consulta muy angustiado y sin saber muy bien qué hacer. Desde siempre había sido una persona muy activa y dinámica, emprendedora en numerosos proyectos y por ende con éxito en aquello que se había propuesto.
Desde hacía un tiempo parecía que todo le costase más trabajo de lo habitual, ahora tenía 37 años y una vida más bien acomodada, se había casado (felizmente) hacía dos años y todo en casa funcionaba a la perfección, sin embargo a Felipe le imbuía una sensación de insatisfacción indefinida, parecía que todo tuviera un matiz opaco, de limitada translucidez.
Incluso las cosas que más le entretenían y divertían, como sus partidas de póker hasta altas horas de la madrugada con sus amigos, se habían convertido en algo rutinario y tedioso que cada vez le atraían menos. Desde siempre se había considerado una persona deportista y con hábitos de vida saludable, todos los días religiosamente a la misma hora se calzaba sus deportivas y corría sus 8 km de rigor, le gustaba (y se jactaba) de cuidar su alimentación. Todo esto le hacía sentirse bien y de alguna manera elevarse por encima del resto de mortales.
Llevaba ya un tiempo que tampoco esto le animaba, pensaba que ¿para qué el esfuerzo?, pero a la vez se criticaba por incumplir sus rutinas saludables cosa que le hacía sentirse tremendamente culpable.
Si lo pensaba, en realidad, últimamente sus emociones fluctuaban entre el abatimiento y el sentimiento de culpa por casi todo lo que antes hacía y ahora se veía incapaz de hacer.
¿Qué es lo que me pasa?, ¿por qué no consigo ser feliz?, se preguntaba constantemente, y los intentos de ayuda por parte de su mujer, familia y amigos parecían chocar contra un muro, lo que les asustaba en principio, pero frustraba y enfurecía después.

Deja-atrás-la-depresión

 

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